martes, 13 de febrero de 2018

Uno de mis recuerdos más preciados, hecho cuento...


Tous les évènements sont enchainés dans le meilleur des mondes possibles: car enfin si vous n'aviez pas été chassé d'un beau château à grands coups de pieds dans le derrière pour l'amour de mademoiselle Cunégonde, si vous n'aviez pas été mis à l'Inquisition, si vous n'aviez pas couru l'Amérique à pied, si vous n'aviez pas donné un bon coup d'épée au baron, si vous n'aviez pas perdu tous vos moutons du bon pays d'Eldorado, vous ne mangeriez pas ici des cédrats confits et des pistaches.
— Cela est bien dit, répondit Candide, mais il faut cultiver notre jardin.

Candide, ou l'Optimisme (1759) Voltaire

ANCLADA EN PARIS

Puede ser una buena idea escribir hoy. Podría darle sentido al correr de las horas que fue mi vida durante los carnavales. Todo el fin de semana utilicé mucho tiempo para descansar, vagando por mi casa o por las calles de la imaginación mientras yacía en la bañera. Hoy me entretuve allí, tumbada  durante una hora, con una historia fantástica que no puedo recordar completamente. Se trataba de mi y, por supuesto, casi plagiaba un cuento que leí hace muchísimo. Sin embargo, tanta fantasía también me hizo evocar una época en que experimentaba el mundo con mucha más intensidad.

A los 18 años casi me pierdo en París.  Tardé en darme cuenta de ello, por eso me gusta contarlo “casi me pierdo en París por recuperar un viejo reloj a cuerda. Sin plata y sin documentos, ¿qué hubiera hecho?”. Algunas personas se asombran incrédulas, otros sonríen y disfrutan, otros intentan responder a la pregunta (que de ningún modo es formulada para ser respondida por el interlocutor, pero hay gente que es así de metiche). “Podrías haber ido al consulado”. “Podrías haber cantado en la calle por plata”.

Ese año, en Holanda, me había enamorado de un muchacho (J.) apenas un año mayor que yo y estuvimos en París por unos días. Íbamos a sacar fotos en el Arco de Triunfo cuando me di cuenta que no tenía la mochila puesta e, inmediatamente, comencé a llorar indignada por mi estupidez. Lloré durante unos minutos y me puse en acción. Junto a él, comencé a buscarla en los lugares que habíamos visitado en horas previas, hasta que sólo quedó la posibilidad de haberla olvidado en el subte. Con esta certeza, llegué a la ventanilla de Objetos Perdidos para recibir nada más que desaliento y malos augurios: no tenía chances de recuperarla y menos aún en el corto plazo. 

La señorita burócrata que me atendía no sabía que dentro de mi mochila yo había depositado mi honor en un humilde reloj a cuerda. Me lo había prestado Bep para que tenga con qué despertar en una época en que yo no usaba teléfono celular ni reloj-pulsera. Era el regalo de una de sus amigas más entrañables… Entonces, si la volvía a ver, ¿con qué ojos iba a mirarla?  Yo no iba a perder en París la posibilidad de volver a mirar a mi madre postiza con los ojos de siempre. Faltaba poco para volver a la Argentina, faltaba poco para despedirme de ella por quién sabe cuánto... Ante esto, decidí volver a la estación La Défense, subir a un tren recién llegado y comenzar a buscar la mochila en cada vagón. Mi novio subió conmigo, alejándose en la dirección contraria, hasta que ya no pude verlo.

El tren, ya sin pasajeros, entraba en el túnel en el que el conductor aprovecha para parar la marcha, caminar hacia la otra cabina y emprender el viaje en dirección contraria. Yo ya había llegado al último tramo de su caminata y observaba a un pobre borrachín dormido, con la tranquilidad que siempre me da estar asustada y porfiada con algo a la vez. Me pongo metódica. Así me encontró el chofeur, quien escuchó, pacientemente, mi objetivo:  recuperar “una mochila negra”. Después me invitó a la cabina y prometió comunicarme con otra persona, una vez que llevara el tren de vuelta hasta la estación propiamente dicha.

Por alguna razón esa mañana le había dado a J. mi billetera, cosa que nunca más volví a hacer en la vida. Pero eso, que constituía un verdadero peligro y una verdadera estupidez, no me importaba. Lo único vital y urgente era recuperar aquel viejo reloj y todos los objetos sin valor que lo acompañaban en mi mochila negra. Mientras tanto, yo tenía la absurda idea de que él seguía en el tren, a pesar de que el buen samaritano me aseguraba “there is nobody in the train” (¡no hay nadie en el tren!) con indiscutible acento francés. Su afirmación no me inquietaba  porque creía que estaba equivocado; yo no estaba sola y sin plata en esa enorme ciudad. Sólo necesitaba un reloj a cuerda. No iba a volver del viaje sin ese objeto.

Llegamos a la estación y el tren volvió a llenarse de pasajeros muy rápidamente. El maquinista tomó un teléfono de un poste y yo estuve a minutos de perderme buscando, ahora si, a mi novio para darle las buenas noticias. Sentía urgencia y esperanza.

– Espere aquí, ya viene el hombre- dijo el chofer, refiriéndose a un señor que quizás podría ayudarme

– Pero mi novio todavía está en el tren... -

– ¡Ya le dije que no había nadie en el tren! -

–  Si, él debe estar todavía...-

–  Haga lo que quiera. ¡Adiós! - 

El conductor tocaba la bocina avisando que pronto las puertas se cerrarían, cuando felizmente pude divisar la figura de J. a lo lejos, en el andén, y salir del tren a tiempo para llamarlo con impaciencia porque veía que el burócrata ya había llegado y casi, casi, se estaba yendo...  J. corrió hasta a mí con desesperación (-¡¿Dónde estabas?!-). 

No tuvimos tiempo de hablar.  Entramos en el laberinto subterráneo de oficinas de La Defense, y, después de responder a una serie de preguntas, volví a ver mis cosas. El reloj de mi madre holandesa volvía a mis manos… La mochila que, al regresar a mi país, decoré con corrector blanco dibujando un hermoso garabato con la leyenda “subterranean homesick alien”, me iba a seguir acompañando por muchos años.

Son decisiones que recordé hoy. Una situación, una serie de medios, un motivo, un desvío, un éxito, un final. También, alimentada por el argumento de algunas series de ciencia ficción, imaginé universos paralelos en los que la  irracionalidad derivó en otros hechos. 

Por ejemplo, este verano, J. y yo íbamos a visitar las yungas salteñas y no pudimos. Otro desvío. ¿Y si este episodio que conté, no nos hubiese sucedido nunca en Europa, sino, años más tarde, entre árboles resinosos y enormes, picados por insectos viciosos y observados por quien sabe qué animales?

Si hubiese perdido allí también algún objeto absolutamente insignificante en el mundo material y ridículamente importante en el mundo simbólico, ¿Hubiera llevado a cabo una empresa parecida a la de París con el fin de recuperarlo?  Nos imaginé, querido J., caminando por allí. Separándonos con la certeza ingenua de saber que volveríamos a vernos. 

Deliberando conmigo misma llegué a la conclusión que lo aparentemente irrelevante y ridículo es suficiente para que alguien como yo arriesgue su integridad física o, peor aún, su (¡comodísima!) comodidad. Me entrego a este tipo de situaciones con la única forma de la Valentía: la que nace de un miedo insoportable a la incertidumbre. Ahí se gesta el ánimo suficiente para hacer cosas extraordinarias.  Siempre supe que con quedarme temblando, resignándome o abandonando la batalla me provocaré más estrés, más tensión y mucho más dolor. Por eso, repito, me pongo metódica.

Creo que la fortaleza que me da ser tan conscientemente débil me hubiese permitido sobrevivir un par de horas en la yunga, las suficientes para encontrar esa cajita amarilla de cartón corrugado que me hizo el tío Fito hace un par de años. O la piedra maorí que me regaló Matthew. O el libro que aún no leí que me regaló la Cuerva… Con todo, me pregunto ahora sobre aquellas cosas que podría haber encontrado después, si realmente me hubiese quedado anclada en París en el año 2000 o perdida en la selva este verano. En la “ciudad de las luces”, hubiera tenido que dormir por segunda vez en un espacio público, sobrevivir de alguna forma, tal vez peor, aunque (¿por qué no?) podría haber vivido una odisea de película yanqui. Un regreso triunfal, todos mis padres llorando de alegría, mis madres abrazándome y yo siendo tal cual ellas hubiesen deseado que sea al regresar... 

En las yungas, este verano, no logro ser optimista. ¿Acaso no me esperaba una soledad real y sobrecogedora, heridas cortantes y  dolores musculares insoportables, tal vez una muerte tosca?
Este verano iba a cosechar el fruto de mi completa ignorancia acerca de la naturaleza. Todo lo que nunca sufrí me hubiese acompañado en la búsqueda desesperada de algún indicio de civilización. Así, tal vez, al encontrarla, apreciaría más la vida e invertiría más mi tiempo en vivirla antes que en imaginarla.  Después de todo, J. y yo, ya nos separamos definitivamente. Con la certeza ingenua de que no vamos a volver a vernos.


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